Puertas de otro mundo. Había algo ironico en la noche que lo atrapaba.
Hacía veinte minutos dormía plácidamente en su hotel y ahora estaba
delante de una pirámide transparente construida por la Esfinge, esperando a
un policía al que llamaban El Toro.
«Es como estar metido dentro de un cuadro de Salvador Dalí», pensó.
Se acercó a la entrada principal, una enorme puerta giratoria. El
vestíbulo que se intuía del otro lado estaba desierto y tenuemente iluminado.
«¿Tengo que llamar?»
Se preguntó si alguno de los prestigiosos egiptólogos de Harvard se
habrían plantado alguna vez frente a una pirámide y habrían llamado con
los nudillos, esperando una respuesta. Levantó la mano para golpear el
vidrio, pero de la oscuridad surgió una figura que subía por la escalera. Se
trataba de un hombre corpulento y moreno, casi un Neandertal, con un
grueso traje oscuro que apenas le abarcaba las anchas espaldas. Avanzaba
con la inconfundible autoridad que le conferían unas piernas fuertes y más
bien cortas. Iba hablando por el teléfono móvil, pero colgó al acercarse a
Langdon, a quien le hizo una señal para que entrara.
—Soy Bezu Fache —le dijo mientras pasaba por la puerta giratoria—,
capitán de la Dirección Central de la Policía Judicial.
La voz encajaba perfectamente con su físico; un deje gutural de
tormenta lejana.
Langdon le extendió la mano para presentarse.
—Robert Langdon
La palma enorme del capitán envolvió la suya con gran fuerza.
—Ya he visto la foto —comentó Langdon—. Su agente me ha dicho que
fue el propio Jacques Saunière quien...
—Señor Langdon. —Los ojos de Fache se clavaron en los suyos—. Lo
que ha visto en la foto es sólo una mínima parte de lo que Saunière ha
hecho.
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